Atentado en Marruecos
Marraquech teme que la primavera reformista acabe
Vecinos y comerciantes tratan de recuperar la calma tras el atentado
ANDREA RIZZI (ENVIADO ESPECIAL) - Marraquech - 30/04/2011
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"La preocupación es que se hunda el turismo", advierte un empresario
La inquietud de Binebine es frecuente entre activistas políticos y en general entre las personas más cultivadas, pero parece aflorar también entre la clase media. En una herboristería de la kasba, un dependiente, Jalid, encuentra el coraje de afirmar: "Esto tiene pinta de ser un intento de hacer descarrilar el proceso". No es poca cosa, vista la extraordinaria reticencia de la gente de la calle a hablar del tema. De hecho, su compañero Said no tarda más de un par de segundos en precisar que él no piensa lo mismo: "El Estado no tardará en agarrar a los responsables".
En un delicadísimo momento de transición política como el que vive Marruecos, las calles de Marraquech parecen delatar una cierta fractura social. La procesión constante de centenares de curiosos chavales de clase baja ante los restos del golpeado restaurante Argana así lo muestra. No se detecta al intentar charlar con ellos ningún atisbo de impulso de querer participar en el movimiento reformista.
A espaldas del Argana, en el zoco, los comerciantes rehúyen a su vez sistemáticamente hablar de cuestiones políticas. Incluso en tiempos diferentes y esperanzadores, la vieja norma de evitar ciertos temas debe de ser considerada todavía la más sabia.
Al saltar alguna pregunta sensible en la conversación, sus rostros se apagan, y su prodigiosa capacidad políglota se atranca repentinamente. Los controles policiales eran ayer escasos -o al menos poco visibles- en las calles de Marraquech. Pero, probablemente, la mítica secreta marroquí tuvo que estar recorriendo a tope los meandros de la ciudad. Sea como fuere, mejor ser prudentes.
Kamal Laftimi, empresario de la plaza de las Especias, activo en varios negocios pese a su juventud, resume en todo caso la comprensible inquietud prioritaria de los comerciantes. "Que se hunda el turismo", principal fuente de ingresos de la ciudad, dice, antes de sorbetear un café en su terraza. Llenar la nevera es tarea más urgente que materializar un sueño político. Por suerte para Kamal, los turistas ayer no parecían demasiado amedrentados. Por la tarde ya volvían a atestarse en algunas terrazas -entre ellas la de Kamal- sin dar la sensación de sentirse potencial objetivo de terroristas. ¿De cuáles, en todo caso?
La pregunta, naturalmente, rebotaba en todas la teterías de la ciudad y, probablemente, del país. La incertidumbre era suma. Salafistas, Al Qaeda en el Magreb Islámico, maniobras argelinas o turbias operaciones de servicios internos eran las opciones preferidas en la quiniela colectiva.
"Ayer tuve mucho miedo a que el proceso se paralizara, pero hoy la actitud del Rey me ha tranquilizado", dice Christine Serfati, activista en defensa de los derechos humanos. Pero la inquietud de Serfati y del pintor Binebine no era tampoco unánime. "Sí, por supuesto hay mucha especulación sobre si esa era la intención del ataque, pero yo francamente no lo creo. El proceso de reforma está controlado, no hay tampoco gran necesidad de obstaculizarlo", observa, con cierto sarcasmo, la historiadora Zakia Daoud.
Aunque no fuese esa la intención, el problema es si será esa la consecuencia. Además de los enemigos visibles -dictadores, autócratas, regímenes infames- los aspirantes a la democracia deben prepararse para enfrentarse a enemigos más sutiles. La lección de Marraquech será observada en muchos lugares.
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