lunes, 4 de julio de 2011

Un justicia canibalizada, un hombre linchado Bernard-Henri Levy Corriere Della Sera

Lunes 04 de julio de 2011 | Publicado en edición impresa


PARIS.- El affaire Strauss-Kahn no ha terminado. Para que termine, el sistema de justicia norteamericano debe hacer su trabajo hasta las últimas consecuencias.
Para que termine verdaderamente, se debe garantizar a Dominique Strauss-Kahn no sólo la libertad, sino, más importante aún, la reparación de su honor. En otras palabras, el " affaire Strauss-Kahn" será considerado así mientras no quede aclarado que nunca existió ningún affaire , y que la demandante, no contenta con haber mentido acerca de su pasado, también mintió al acusarlo de haberla violado.
Sin embargo, a la luz de las recientes revelaciones, ya podemos extraer algunas lecciones de lo que sin dudas muy pronto será conocido como el "No affaire Strauss-Kahn".

  • La justicia, canibalizada por lo mediático. La canibalización no es un fenómeno norteamericano. En Francia y en Europa hemos tenido innumerables ejemplos. Pero debe decirse que, en este caso, la canibalización llegó a niveles rayanos en la obscenidad. Como fue obscena la improvisada conferencia de prensa del abogado de la mujer en la escalinata de un Palacio de Justicia que normalmente debería dedicarse al sobrio discernimiento de la verdad. Como fueron obscenos los abucheos de un batallón de mucamas de hotel que esperaban a Strauss-Kahn a su llegada a una audiencia. Así como también fue obscena, aunque de otra manera, la famosa "caminata del perpetrador", que soy consciente que debe realizar cualquiera que sea acusado de un crimen, pero que dada la identidad del sujeto, sólo podía degenerar en una tortura ante una audiencia global, un castigo excesivamente alto para un crimen que nadie, en ese momento, sabía si había cometido o no.

Esa imagen de Strauss-Kahn humillado y en cadenas, esa degradación de un hombre cuya silenciosa dignidad permaneció intacta, no sólo fue cruel, sino pornográfica. Tan pornográfica como la cara del abogado al explayarse sobre la "vagina" de su cliente.

  • El robespierrismo del show mediático judicial. ¿Qué es el robespierrismo? Una palabra sacada de la Revolución Francesa que describe el modo en que los responsables del terror en aquel momento tomaban el control absoluto de un individuo y lo deshumanizaban, transformándolo en un símbolo abstracto. Bueno, nos vemos obligados a observar que, en este caso, el pragmático Estados Unidos, siempre tan rebelde a las ideologías, ese país del hábeas corpus, que para Tocqueville tenía el sistema judicial más democrático del mundo, llevó el robespierrismo francés, lamentablemente, al extremo de la locura.

En este caso, Strauss-Kahn ya no era Strauss-Kahn. Ya no era un individuo con voz propia. No. Era el símbolo de la arrogante Francia. Era el emblema de un mundo de privilegiados, odiosamente seguros de su impunidad. Era el espejo de ese mundo de banqueros globales de Wall Street, de todo aquello que el otro Estados Unidos considera el enemigo por antonomasia.
De la misma forma, la mujer era la alegoría no sólo de todas las mujeres golpeadas y humilladas, sino también de las pobres e inmigrantes: la palabra de todas ellas, silenciada durante tanto tiempo, finalmente sería escuchada. Lo triste es que la justicia no es eso. La justicia no es una oposición de símbolos, sino de seres humanos.

  • En Francia, el robespierrismo siempre ha ido de la mano de otro ismo. En apariencia es su contracara, pero, en realidad, es su gemelo. Se trata del barrèsismo, una visión del mundo que toma su nombre del escritor nacionalista francés, contemporáneo del affaire Dreyfus, Maurice Barrès. Fue precisamente en referencia a Alfred Dreyfus que Barrès musitó su famosa frase: "Que Dreyfus es culpable no lo deduzco de los hechos, sino de su raza".

El affaire Strauss-Kahn obviamente no tiene relación con el de Dreyfus. Y debo dejar en claro que no creo que tenga mucho que ver con esa religión y delirio de alcance mundial que es el antisemitismo. Pero lo que sí creo es que se trata de una nueva variación de la frase de Barrès, que ahora es "Que X [Strauss-Kahn] es culpable lo deduzco no de su raza, sino de su clase".
Y también creo que esas palabras, junto con la transformación del "individuo" Strauss-Kahn en el "sospechoso" Strauss-Kahn, entregado a la guillotina mediática, fue suficiente para echarlo a andar a todo galope.
En una carta que recibí de Bill Keller, entonces editor ejecutivo de The New York Times, el 20 de mayo, decía sentirse "impactado" y "desconcertado" por el hecho de que "el 57% de la opinión pública francesa" y en particular "el 70% de los socialistas" parecían estar del lado de Strauss-Kahn, cuando "uno esperaría" que "mostraran solidaridad ideológica con una mucama de hotel africana".
No estoy diciendo que Keller sea uno de los que sentía antipatía por el poderoso banquero blanco. Pero sostengo que plantear el problema en esos términos es muy perturbador.
Y sigo sosteniendo que el mero hecho de admitir que las solidaridades de ese tipo puedan entrar en el terreno de la justicia equivale a inventar una justicia de clase a la inversa, no menos problemática ni en definitiva menos criminal que la otra. Ya no es, como fue alguna vez, "malditos pobres, el rico siempre tiene razón", sino más bien "malditos ricos, son los pobres y los sufridos los que siempre, e inevitablemente, tienen razón".

  • La sacralización de la palabra de la víctima. Quiero dejarlo en claro: si hay una batalla que he librado toda mi vida y que me enorgullece es la que consiste en darles voz a los pobres y a los silenciados. Darles voz a los desposeídos es una cosa; considerar que esa voz es verdad revelada es muy distinto, que puede ser fuente de nuevas y horrendas injusticias. Y, sin embargo, esto es precisamente lo que ocurrió con la acusadora.

Nos hemos ido de un extremo al otro. La era en la que las palabras de las víctimas del Sistema estaban en principio desacreditadas ha dado paso a una era en la que se les atribuye, también en principio, un prestigio absoluto. Y, no obstante, repito: ser una víctima de la sociedad es una cosa, pero ser víctima de un ataque es otra totalmente distinta. Es algo que debe establecerse metódica y escrupulosamente, y con discreción. Se trata de una cuestión de principios.

  • Ya existe una víctima: el principio mismo de inocencia en Estados Unidos. Muy pronto habrá otra, me refiero a otra víctima, de verificarse que la acusadora también mintió sobre lo ocurrido, y esa víctima será Strauss-Kahn. Pero el desastre ya se ha producido. Es decir, la destrucción de uno de los pilares del sistema norteamericano: el sacrosanto principio de que, aunque sea acusado, un hombre tiene derecho al respeto de su honor y su integridad en tanto su culpabilidad no haya sido demostrada.

En el caso de Strauss-Kahn, ese principio fue desacatado por los tabloides, que lo transformaron desde el primer momento en un monstruo.
Fue pisoteado por la prensa "seria", que cayó más bajo de lo que se hubiera permitido cualquier periódico amarillista. Y en ese momento, fue aplastado por esa fracción del aparato judicial norteamericano que, al humillar a Strauss-Kahn ante los ojos del mundo, al perseguirlo sin piedad, probablemente haya arruinado su vida. Era eso lo que quería expresar cuando escribí que después del concepto de "guerra preventiva" de George W. Bush, los Estados Unidos del fiscal Cyrus Vance han comenzado a inventar el concepto de "castigo preventivo".
Y, por favor, permítanme repetir aquí, como amigo de Estados Unidos, lo que he dicho en mi propio país cuando los tornados mediático-judiciales han asolado nuestra tierra: que todo esto merece un profundo examen de conciencia.
Traducción de Jaime Arrambide

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